
Muchos años pintando por momentos, robándole tiempo a la cotidianidad de la vida, soñando con despertar un día y tener las horas para hundirme en el color maravilloso del óleo y el olor mágico de la trementina. Aun así, mis paisajes han conocido galerías, espacios, corredores, paredes de algunas partes del mundo.
Del lienzo blanco ha brotado la luz brillante de los amaneceres y las sombras del atardecer, queriendo recitar la “poesía de la luz”, en paisajes habitados por la soledad y la presencia de unos pocos árboles que se resisten a morir.
Sembramos de cenizas los campos, talamos los árboles -nuestros “hermanos mayores”-, envenenamos el agua, cosechando “la agonía de la belleza” como si no quisiéramos dejarle futuro a este planeta.
Todavía hay un horizonte lleno de esperanza que podemos salvar a pesar de lo que hemos venido destruyendo.
Es posible creer en un nuevo amanecer.

Acerca del artista
Primero
Carlos Soto nació para pintar.
A través de los años ha ido con sus cuadros a diferentes partes del mundo. Pero no es una larga lista de exposiciones la que hace a un pintor, y lo que define su derecho a la permanencia. Es continuar, perseverar, avanzar. Así, lo que a Carlos puede darle el título de pintor es su amor por lo que pinta; es su forma de entregarse en cada cuadro; es su deseo de dejar en un lienzo una parte sustancial de su esencia.
El autor y su obra son dos conceptos que no se pueden separar. La pintura de Carlos Soto, es su forma de ver la vida. En sus paisajes está viva y permanente su hambre de horizontes, su deseo de eternidad, su voluntad de ir más allá de las últimas fronteras.
En su obra hay una poesía de la luz, hay una filosofía del paisaje. Los cielos son enormes, sombríos como la cólera, amarillos como los sueños, amplios como el corazón cuando no lo han recortado las tijeras del odio. Esos paisajes son una lección filosófica de positivismo y de esperanza.
Para Carlos Soto, campesino, amante de la luz y la poesía, enamorado del cielo, apasionado por la textura y el color, pintar paisajes es tan vital como el amor. No hay tragedia, ni quejas desgarradas, existe una profunda vitalidad en el paisaje mismo. Preocupación, sí. Por la depredación, por el abandono, por el descuido desmedido con el agua, por la tala indiscriminada de los árboles, nuestros hermanos mayores.
Fernando Soto Aparicio

Segundo
Abordar sus paisajes implica desde lo natural, comprender la ritualidad del color como sinónimo de luz y veneración a lo cósmico y, desde lo individual, es reivindicar la pincelada que en otrora artistas del romanticismo inglés como Turner y Constable enaltecieron en poesía esa luz con un gusto por la fugacidad, superficies brumosas y difuminados de rojos y amarillos intensos.
Maestro del paisaje, pintor y poeta de la luz, señor de un estilo marcadamente individual, disciplinado de sí mismo y referente absoluto en su país de una corriente pictórica, provee a su obra elementos cuya estética subrayan la importancia de la observación al momento de la composición y configuración de atmósferas, debemos recordar aquí, que tales esquemas evocados por la Academia, proporcionan a sus composiciones el rigor de lo que por comprensión espacial y profundidad realzan el valor psicológico del paisaje, en ello este artista enaltece el espíritu del altiplano andino, equiparando la luz simbólica en estos parajes con los segmentos de horizontes, logrando así una instancia que más allá de lo representativo envuelve al espectador en abstracciones de memoria.
Carlos Soto, si bien conjura lo obvio de la imagen en pinceladas insubordinadas, relega toda la forma a un segundo plano, definiendo la lectura del cuadro en particulares condiciones de iluminación, pues considera que la imaginación visual del hombre no es nada comparada con la naturaleza, el virtuosismo al que ha llegado su trabajo permite fragmentar el paisaje, enfrentar y confundir las figuras en emociones de vida.
Carlos Soto sabe bien que toda pintura realista y, sobre todo, el paisaje, no es una copia del mundo sensible, sino más bien, una interpretación subjetiva y, por lo tanto, individual. Los temas del altiplano, introspectivos por naturaleza, son pretextos para la forma, la materia y la ejecución del cuadro. Sin embargo, podemos leer en ellos y percibir claves que nos acercan a la sal de la tierra, plantas y árboles con atributos mágicos, espiritualidad de páramo y cielos de fuego para entablar tratos con la esquiva eternidad.
Marcelo Meléndez


