El paisaje en la obra de Fernando Soto Aparicio

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Simplemente se pinta porque se ama

El poeta navega por el alma humana y describe los sentimientos más profundos cantándole al amor, pero también denuncia las injusticias y se convierte en grito de aquellos que no tienen voz: mineros, campesinos, estudiantes, hombres y mujeres habitantes de este Continente.

Paisajes descriptivos, con la magia de la palabra venida de la visualidad que caracterizó siempre todos sus escritos, evocativos de nuestros campos desolados por la violencia o las ciudades llenas de miseria, con un gran poder para hacernos vivir dentro de los lugares físicos y psicológicos de sus personajes.

Su territorio es América, no sólo como espacio geográfico sino como delimitación étnica; por sus versos pasan paisajes de cualquier rincón de nuestro suelo Latinoamericano, habitado por seres que sufren, aman y tienen ilusiones por un futuro más promisorio. Su palabra con la habilidad para describir esos lugares en donde viven los seres humanos que son protagonistas de las historias que narró, así como la intención de plasmar los desiertos psicológicos a los que son sometidos hombres y mujeres víctimas de la violencia que parece haberse enraizado en estas tierras desde siempre.

Y en toda su obra monumental la constante de su amor por el agua, los campos, la naturaleza, los árboles, por un planeta al que le debemos la vida y la tarea de conservarlo. Por eso, y como testimonio de su amor y de su angustia, quedaron sus últimos textos antes de su partida, en una publicación académica, “la poética del paisaje”, a la que se hace eco desde este blog que busca compartir -con su poesía-, su preocupación por el desastre, pero también su incansable ilusión por un mejor mañana.

Primera reflexión: sobre el paisaje

Siempre ha sido decorativo. Destino absurdo cuando el paisaje encierra toda la fuerza de la naturaleza, el poder del color, la magia de la textura, la posibilidad del horizonte. La belleza que pintaba como la poesía de la luz(serie de pinturas) está agonizando, no quedan praderas en donde sembrar ilusiones, ni árboles en donde recostar nuestro cansancio de la tarde, ni ríos con peces de colores que refresquen las esperanzas de la humanidad que se ha venido quedando callada ante el desastre. Ese silencio como una realidad en donde el desafortunado protagonista es el hombre: vivimos destruyendo el verde del paisaje, asesinamos los árboles -nuestros hermanos mayores-, hemos envenenado el agua, deforestamos, contaminamos, estamos matando nuestra casa.

Es posible que denunciado este atropello podamos volver a escuchar los pájaros de madrugada, cantando desde sus nidos despertando cada día en el abrazo fraterno de los árboles; descubrir de nuevo el mágico sonido del agua calmando la sed de las sementeras para darle paso a las cosechas; y otra vez, poder llenar los pulmones del aire refrescante de los bosques, limpio y revitalizador, puro y lleno de las nuevas esperanzas de un próximo amanecer; y de nuevo, maravillarnos con el color de los veranos o con el frío refrescante de los inviernos que con su lluvia llena de vida los surcos.

La pintura del paisaje no es una representación inerte, contiene una narrativa visual diferente a la esteticidad del mismo cuadro para decorar un espacio. Tiene vida propia, es una entidad completa por sí misma, con sus principios, su lenguaje, no sólo desde sus elementos compositivos sino como cuerpo estructurado, como opción comunicativa, psicológicamente fuerte, expresiva y total.

No interesan más que unos elementos básicos, una determinante en el horizonte por donde se esconde la luz de la tarde o se levanta de madrugada, que demarca el cielo y en donde fijamos la tierra como una línea que proyecta sus sombras largas y amarillentas al inicio o al final del día. Unos árboles que nos amarran a la tierra, un camino que conduce a la imaginación, eliminando todo lo que no cuente una historia pues el hombre ha dedicado su vida a acabar, destruir, a sembrar campos de cenizas, desiertos de piedras, surcos de muerte.

Ese paisaje desolado es el que debemos mostrar, lo poco que va quedando, podemos salvar algo del color de sus ancestros, plasmando algunos de los árboles que no hemos talado o pintando lo que queda de ellos, apenas unas pocas ramas que ya no cobijan nidos, bosques enmarañados en donde habita el silencio, apenas unos pocos rincones de agua en donde se refleja la poca esperanza que le queda al hombre como habitante de una casa que se sostiene en unas estructuras derruidas por la inconciencia de sus moradores. Mares de bolsas plásticas, veneno para los peces de colores, barro que se escurre por entre las manos de aquellos que ciegos, asesinan lo poco que nos va quedando.

Ojalá no sea tarde, frenar el desastre puede ser posible pero no podemos quedarnos callados, hay que levantar la voz y darle forma a esta denuncia a través de una poética del paisaje que combine la representación dolida de esta angustia en una mixtura mágica de la pintura con la palabra para llegar a la conciencia de algunos que sumados a muchos se vuelvan una sola voz para salvar lo poco que nos queda.

Tenemos esperanza, pero debemos hacer algo, no es tarde.

Todo esfuerzo sirve, toda ilusión no es vana, toda acción es válida.

(CS)

El viento pasa fuerte y golpea las ramas que antaño andaban vestidas de hojas que las protegían de los arañazos gélidos del invierno, una maraña triste y desolada como testigo de la destrucción del hombre que a su paso corta ilusiones y el canto de las aves al despertar la mañana.

(FSA)

Los árboles, nuestros hermanos mayores, luchan por quedarse aferrados a la tierra que los amarra a la vida. Ya no tienen hojas y el musgo que los vestía con la suavidad de la piel de una mujer enamorada, se ha secado y los cantos de los pájaros no encuentran eco en las ramas tristes del invierno. (FSA)

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