Por los corredores de mi memoria transitan el verde de los pastos y el azul del cielo de los paisajes en un hermoso rincón de Boyacá. Los que nacimos en esa tierra quedamos marcados para enamorarnos del campo y llevarlo por dentro de los ojos del alma, para mirarnos cada mañana con su luz que recién despierta y regocijarnos con los amarillos maravillosos de la tarde, junto a la laboriosidad de los campesinos de alma noble y transparente, recorriendo caminos para descubrir un paisaje limpio, de aguas cristalinas y surcos fecundados de amor y de esperanza.
Sumado a esta visión, la lectura permanente de los libros y poemas de mi padre, la pintura apareció como colofón mágico al despertar la sensibilidad hacia la palabra y el color.
El trabajo me ha llevado a plantear diversas series de pintura, un paisaje pleno de amaneceres y sombras largas de la tarde, una poesía de la luz, pero, frente al desastre, debemos mostrar lo que nos ha venido quedando, esa agonía de la belleza y la muerte de los hermanos mayores -los árboles-, por la inconciencia del hombre y la destrucción de la naturaleza.
Pinto porque es la única forma que tengo de amar, mi mundo es la observación y el silencio, la música y el color, pero no puedo quedarme callado ante la barbarie que estamos cometiendo con el planeta.