Reflexión de Fernando Soto Aparicio

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“Vida, nada me debes, vida, estamos en paz”, escribió Amado Nervo al final de uno de sus poemas más conocidos. Podríamos pensar que ese poema suena a despedida, pero la verdad es que uno jamás se despide de la vida. Uno es la vida, y persona y vida permanecen de forma simultánea y se apagan al tiempo. El ser humano es el mago y la vida es la magia que ejerce todos los días. ¿Dónde está el hilo con que se inicia la vida, y hasta dónde va el hilo con que empieza la muerte?

La vida, en contra de lo que predican muchas de las parafernalias religiosas que ha venido inventando el hombre a lo largo de milenios, no es un valle de lágrimas. El ejercicio de vivir implica la búsqueda de la felicidad, como bien supremo de cada individuo que, al conseguirlo, irradia hacia los otros. No es el dolor lo que nos guía ni lo que nos corresponde; y aunque en el reparto de luz y sombra que nos forman parece que en ocasiones se llevara la mayor parte, hay fórmulas para minimizarlo y empujarlo hasta sus últimos reductos. Esas fórmulas son múltiples, y cada persona las lleva por dentro, aunque muy pocas las descubran plenamente.

El arte es una forma de la felicidad. Escuchar un poema, permitir que una sinfonía nos estremezca el alma, ascender con la mirada por las líneas y los volúmenes de una escultura o dejarla que se desparrame sobre la luz de un paisaje, son acciones que desde nuestra finitud nos conectan con alguna de las formas de la eternidad. Lo mismo puede decirse cuando en el silencio se abre la flor de la voz de la persona amada, o cuando vemos el rostro que esculpimos en el corazón, o cuando acariciamos la piel que delimita y multiplica nuestro deseo. Y podemos repetir la idea cuando regresamos a la comarca maravillosa de la niñez, y somos capaces de reír sin motivo, de aguantar los rasguños de las zarzas por llegar a la dulzura de las moras, cuando elevamos una cometa en las manos de agosto o dejamos que ese planeta loco del trompo baile en la galaxia de la ruleta.

No tengo nada, suelen decir algunas personas que lo tienen todo. Manos para acariciar, miradas para abarcar el mundo, palabras para definirlo, voluntad para conquistarlo. Los que piensan que no tienen nada en realidad poseen tesoros incalculables. Son ellos como amaneceres que no se dan cuenta que llevan la luz a donde avanzan, son noches claras que han olvidado el cosquilleo que produce en su inmensa piel bruna y sensible el florecimiento de las estrellas.

Podemos repetir muchas veces que la vida es magia. Es un cubilete donde están escondidos los conejos que taladraron sus cuevas en el parque misterioso de nuestros cinco años; hay en él cintas de todos los colores como los caminos por dónde van los sueños o como la materia prima que inventa el arcoíris. Hay ríos que corren al revés porque nacen del mar y trepan hacia las montañas apostando carreras con el último sol de los venados; hay estaciones a donde continúan llegando los trenes que en la realidad se quedaron detenidos hace décadas, pero para los cuales seguimos construyendo carrileras bordeadas de pueblos hechos por las manos enamoradas de los alfareros; hay caballos desbocados hacia los corralones del horizonte, y cometas puntuales y de colas de pavorreal que cruzan el cielo siempre recién inventado de la infancia. 

La vida es un ejercicio permanente, al que no alcanzan a sobrarle los minutos. Nacemos, vivimos, morimos. Pero antes de nacer hacia la vida, ¿en dónde estábamos? ¿Hay acaso un antes, para que también puede haber un después? Cuando nacemos hacia la muerte, ¿a dónde vamos? ¿No es cada uno de los seres humanos una órbita exacta en un universo de armonía? Y entonces –dirán muchos- ¿por qué la violencia, las guerras, el odio, la maldición de las armas, el ejercicio de la venganza? ¿Por qué la sangre y los cadáveres que vivimos sembrándole a la tierra? ¿Por qué la persistencia del mal en los procesos de la destrucción y de la barbarie? También la magia tiene su parte oscura. También a los magos más famosos les pueden robar el cubilete de los milagros y luego se lo devuelven con virus de distintas especies, con las bacterias de la perversión, con los gérmenes de la desesperanza. Lo grave es que el mago puede no darse cuenta, o restarle importancia, o acostumbrarse a soportar la basura del rencor sin advertir a tiempo que le va opacando las madrugadas que el amor se inventa. Y entonces habría que despertar al mago cantándole una de esas canciones que aprendimos porque los labios que las murmuraban cerca de nuestros oídos modulaban voces amadas, las de una madre que nos dio en sus besos la fórmula para disfrutar la dicha limpia de la inocencia, las de un padre que nos enseñó la rectitud y la reciedumbre, las de una nana que nos llevó a un bosque de palabras donde los duendes y las hadas eran nuestros contemporáneos y nuestros vecinos. La vida es, también, una tarea que tenemos que hacer todos los días, sin profesores específicos, sin salones de clase, sin patios de deporte, sin loncheras llenas de algodón dulce, de lápices mordidos y de cuadernos apenas empezados. Esa tarea no puede repetirse porque los logros y los fracasos son definitivos, y porque no hay manera de seguir en cuarto de primaria, sino que tenemos que avanzar sin pausa hasta –quizás- graduarnos de personas. Vivir puede admitir a veces los renglones torcidos, pero para corregirlos no hay borrador que valga. Esa tiza con que escribimos nuestros días en el tablero del destino no desaparece con los vientos más tormentosos ni con los aguaceros más siniestros.

Aquí estamos, sentados ante nuestros pupitres, haciendo la tarea. Afuera nos aguarda el sol espléndido de todos los recreos. Aprendemos geografía para saber las dimensiones de la patria, y estudiamos historia tratando de no repetir los errores pasados. Repasamos botánica para entender que las hojas son los ojos verdes con que nos miran los árboles, nuestros hermanos mayores, y analizamos los procesos de la zoología para confirmar que la tarea de la tierra ha sido ir construyendo la vida, curiosamente, empezando de cero hasta la creación del hombre, que apenas ha tenido tiempo de vivir un segundo en los relojes de la eternidad.

Pero aquí vamos. Con nuestra pinta de magos aprendemos a crear alegría, a repartir sonrisas, a ponerle cimientos al futuro. Basta con dar de veras un abrazo, con reinventar todos los días la bendición infinita del amor, con acuñar moneda de sol para cambiarlas con las monedas azules y distantes de cada una de nuestras noches.

Porque para que la vida sea plena sólo hay que llevarla de la mano apretándola con cinco dedos de ternura, y no dejar que en nuestros labios el viento del olvido borre la huella tibia de los besos; y conducir la existencia como un rebaño blanco de recentales locos de alegría por los caminos que nos permitan subir a la montaña de las realizaciones y ver, desde allí, que las madrugadas son posibles y están llenas de nubes y de pájaros; y que para ellas, para ellos y para nosotros la vida es un regalo. Y a nadie se le ocurre discutir una verdad tan grande como la de que los regalos se hacen para ser disfrutados en medio de la felicidad y del asombro.

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