Los árboles, nuestros hermanos mayores, luchan por quedarse aferrados a la tierra que los amarran a la vida. Ya no tienen hojas y el musgo que los vestía con la suavidad de la piel de una mujer enamorada, se ha secado y los cantos de los pájaros no encuentran eco en las ramas tristes del invierno.
Tinta, 50 cm x 70 cm